Viajando al pasado: Las puertas de Anubis

“El tiempo –enunció con voz solemne-, es comparable a un río que fluye bajo una capa de hielo. Nos rodea como si fuésemos algas, desde la raíz a la punta del tallo, desde el nacimiento a la muerte, y nos hace enroscarnos alrededor de las rocas o los tocones que aparecen en nuestro camino. Nadie puede salir del río porque está cubierto de hielo y nadie puede retroceder ni un solo segundo en su corriente.”  

Las puertas de Anubis (Tim Powers, 1983)

Los viajes en el tiempo son un tema recurrente en la ficción y, sin duda, una de las cuestiones que no pocas veces se plantean a un historiador. Después de todo, la perspectiva de retornar al pasado y vivir momentos cruciales o conocer a personajes emblemáticos de nuestra historia deberían representar uno de los deseos más profundos de aquellos aficionados a la historia; aunque de alguna manera deje tras de sí el resquemor de haber utilizado un atajo o camino más sencillo para alcanzar nuevos conocimientos. Aunque sin duda, ese no debió ser el pensamiento de Brendan Doyle cuando, bajo la promesa de una considerable suma de dinero, le ofrecieron servir de guía para un encuentro planeado con Samuel T. Coleridge, poeta romántico inglés cuya vida transcurrió a principios del s. XIX. Después de todo, ¿qué podía salir mal? Pues, por ejemplo, ser secuestrado un siglo y medio antes de tu nacimiento por una banda de romanís, bajo las órdenes del líder de una secta cuyo fin primordial era traer de vuelta a los dioses egipcios y recuperar para Egipto el esplendor de su etapa faraónica.

Bajo esta curiosa premisa y con un trasfondo histórico impecable se desarrollan las desventuras del pobre Brendan Doyle, protagonista de Las puertas de Anubis, obra de culto del escritor estadounidense Tim Powers. Mezcla de fantasía e historia, el relato nos lleva desde 1983 –curiosamente el año de publicación del propio libro- hasta 1810, para recorrer un Londres de principios del s. XIX cuyo realismo sorprende en numerosas ocasiones al lector. A ello se suma un nada despreciable desfile de personajes históricos –sobre todo en materia literaria-, cuya presencia intensifica la veracidad del trasfondo en el que se desarrolla la historia. Algunos de ellos, como Napoleón o el Rey Jorge III, son simplemente mencionados, ya sea por el elenco principal de personajes o en conversaciones que surgen entre los distintos ciudadanos de la urbe, independientemente de la clase social a la que pertenezcan. Otros, como Samuel T. Coleridge (1772-1834) o Lord Byron (1788-1824), se convierten en parte principal de la trama, uniéndose a las andanzas del protagonista en más de una ocasión, resultando incluso esenciales para el desarrollo del relato. Destaca especialmente la aparición de Byron y el uso de una anécdota real sobre la vida del poeta, en la que algunos de sus amigos afirmaron verlo en Londres, mientras yacía postrado en cama debido a la malaria en Patrás (Grecia). Una circunstancia que el autor usa magistralmente, enlazándola con la historia principal de forma creíble, a pesar de la implicación de elementos de corte mágico en la misma.

Asimismo, salen representados algunos acontecimientos históricos reales. Uno de ellos es la conocida como la masacre de los mamelucos en el Cairo, acaecida en 1811 y perpetrada bajo las órdenes de Mehmet Alí –o Muhammad Alí, como se le denomina en el libro-. En ella, bajo el pretexto de la investidura de su hijo, el sultán reunió a varios cientos de mamelucos en una de las callejuelas de la ciudadela, cayendo victimas de una emboscada que acabaría con sus principales líderes. Otro, relacionado con un segundo salto en el tiempo de Doyle, muestra parte de la conjura o rebelión de James Scott duque de Monmouth, acaecida a finales del s. XVII. Bastardo del rey inglés Carlos I de Inglaterra, intentó usurpar el trono de su tío Jacobo II, lo que finalmente le valió su ejecución en 1685.

Por otra parte, el protagonista –como buen conocedor de la historia- muestra una constante preocupación por provocar un “efecto mariposa”, dando lugar a cambios en el pasado que modificasen el futuro. Preocupación que no comparten otros personajes, más ávidos de aprovechar sus conocimientos sobre el futuro para lucrarse. Asimismo, el autor juega continuamente con la idea de la inevitabilidad, pues cada paso de Doyle lo lleva precisamente a donde la historia indicaba que estaría. Aquellos cambios que los distintos personajes creen que están provocando en el pasado, en realidad son hechos que acaecieron para dar lugar al futuro conocido. Una falsa ucronía, en la que a menudo se plantea la duda del “¿Qué habría pasado si…?” y cuya respuesta es siempre la misma: exactamente lo que sabíamos que iba a pasar.

Una novela que nos traslada a un pasado no demasiado lejano, pero que nos permite vivir la ajetreada vida de un ciudadano del Londres de principios del XIX. Ahora bien, por desgracia para Doyle, sus pasos lo llevarán a sobrevivir en los suburbios de la ciudad, entre aquellos más desfavorecidos, mostrándonos la cara menos agraciada de la urbe –como ya habían hecho antes obras como Oliver Twist (1837)-. Un Londres gris y tenebroso, en el que la presencia de magia no resulta en absoluto extraña ni fuera de lugar, siendo concebida por sus ciudadanos como algo que temer y evitar. Una obra en la que se suman el uso de lagunas históricas para entretejer realidad y ficción, así como giros de guion inesperados, que han servido al autor para obtener un premio Philip K. Dick en 1983 y un Apollo 1987. Un “gancho” que nos permite viajar del presente al pasado, a través de los agujeros en la malla espacio-temporal, sin movernos de nuestro sofá, pero llegando más lejos de lo que cualquiera hubiese soñado.


[Imagen de portada: kobo.com]

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